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DERECHOS HUMANOS: Ángel Trucco y Jorge Peralta – “El prejuicio: Limitador de derechos en Argentina”

Publicado el Viernes 8 de Julio, 2016

ba0e9944a7af97660f50bb522d617b37-bpfullÁngel Trucco y Jorge Peralta – Colegio de la Inmaculada Concepción, Argentina

“El prejuicio: Limitador de derechos en Argentina”

Muchas veces, cuando pensamos en los Derechos Humanos, lo primero que se nos viene a la mente son los casos extremos de violación de los mismos como, por ejemplo, durante el Nazismo, el Stalinismo, la dictadura militar en la Argentina, el Genocidio en Ruanda, los refugiados de Palestina y Siria, entre tantos otros.

Pero la realidad, es que cuando dejamos de mirar tan lejos en el tiempo y en el espacio, y nos detenemos a observar a nuestro alrededor nos damos cuenta que en nuestro país e incluso en nuestra propia ciudad no se están respetando en su totalidad. En este sentido consideramos que es importante que los ciudadanos seamos conscientes de que no se debe llegar a casos extremos como un asesinato o un secuestro para que un hecho sea considerado violación de los derechos humanos; sino que, por el contrario, la violación de los mismos puede aparecer en algo tan simple y cotidiano como la discriminación hacia una persona diferente a nosotros.

En nuestro país, diariamente asistimos a la violación de los derechos humanos en los talleres clandestinos, en el trabajo infantil, en la precarización laboral, en los casos de violencia de género y abuso infantil, en las situaciones de bullying, en la contaminación ambiental, entre tantos otros ejemplos que podríamos citar.

Los sectores con más bajos recursos de la sociedad son los más discriminados en la República Argentina, y no es coincidencia que sean también los que más limitados ven sus derechos. En las últimas décadas se ha ido conformando en nuestro país un sistema basado en la discriminación, el prejuicio y la generalización, donde resulta cotidiano escuchar frases como: “Si el padre es alcohólico y drogadicto, el hijo también lo será”, “lo único que piensan es salir a robar”, “están perdidos”, “no tienen futuro”, “tienen un montón de hijos para cobrar un plan y después los mandan a pedir plata”, “para qué el Estado les va a dar cosas, si después las venden para comprar alcohol y drogas”. De esta forma, resulta preocupante, ver cómo la misma sociedad o algunos sectores de ella, excluye a las personas que viven en los barrios más carenciados (llamados en algunas provincias de la Argentina “villas miseria”). Esto genera un pensamiento en donde muchas veces se naturalizan las injusticias sociales y la violación de los derechos humanos.

A modo de ejemplo, vemos oportuno citar un fragmento de una entrevista realizada a César González, un joven escritor, director y poeta oriundo y actual habitante de una villa miseria en Buenos Aires, donde hace referencia claramente a la discriminación: “… el problema está en que si bien son muy pocos los delincuentes y drogadictos, lo que está instalado es el discurso de que en las villas son todos chorros, asesinos y violadores. Si eso fuera así estaríamos hablando de millones de asesinos y violadores sueltos solamente en la provincia de Buenos Aires, ya que son millones los seres humanos que viven en villas. La cantidad de trabajadores que viven en una villa es ampliamente superior a la cantidad de “pibes chorros” pero el imaginario popular, sometido al manejo ideológico de las corporaciones mediáticas, cree que la estadística es al revés, que en la villa lo que sobreabunda son chorros y vagos. Si fuera así no habría tantos edificios construyéndose por falta de albañiles y todos los baños rebalsarían de mugre por la ausencia de limpiadores, entre tantas tareas que cumplen las clases más bajas de la sociedad.”

Nuestro propósito al citar estos párrafos se debió a que nos parece fundamental romper con el estereotipo que nos presentan diariamente los medios de comunicación en los que se hace un uso mediático de la imagen de los adolescentes y jóvenes como población delincuente. Creemos que esta imagen que construyen, oculta la injusticia de la marginalidad y la violación de los derechos fundamentales como es la privación extrema del bienestar. Ésta se vivencia en pasar hambre, carecer de vivienda y vestuario adecuados, estar enfermo y no recibir cuidados, ser analfabeta y no contar con servicios educativos; significa también mayor vulnerabilidad al delito y la violencia, acceso inadecuado o carencia de acceso a la justicia y los tribunales, así como la exclusión del proceso político y de la vida en comunidad. Asimismo, las privaciones también se presentan en la dimensión psicológica, es decir, en la impotencia, la falta de voz, la dependencia, la vergüenza y la humillación de la que son objeto las personas por su condición de pobreza.

Somos conscientes y creemos que toda persona tiene derecho, más allá de las condiciones en las que le tocó nacer o las experiencias sufridas, a construir alternativas que mejoren sus condiciones de vida; sin embargo, esto requiere que la sociedad supere los pensamientos estereotipados y prejuiciosos y favorezca la búsqueda de alternativas superadoras.

Como cierre y propuesta, consideramos que la educación debe asumir un rol fundamental, propiciando el empoderamiento de los adolescentes y jóvenes, que les permita construir la capacidad de saberse fuertes y con derechos, que sepan apropiarse de sus vidas, que aprendan a tomar decisiones para discernir qué les hace bien y qué no, qué los favorece, qué les conviene; porque las personas que no conocen sus derechos, suelen quedar expuestos a la utilización y manipulación de otros, permaneciendo sometidos a sus intereses. Es por eso que también creemos que hace falta, desde el Estado, un compromiso a la hora de desarrollar y promover políticas que verdaderamente propicien en los ciudadanos un pensamiento democrático, tolerante, que respete y defienda los derechos del otro y que actúe en pos de la inclusión de todos.

Artículo escrito junto a @jorgeaugustoperalta

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