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Boston: “Educación de calidad para todos” Patxi Álvarez SJ

Publicado el Lunes 27 de Agosto, 2012

 

Educación de calidad para todos

P. Patxi Alvarez sj

 Secretary for Social Justice and Ecology

 

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La organización de este Colloquium nos pedía a los Secretarios de fe, justicia y colaboración que ofreciéramos una reflexión -cada uno desde su propia perspectiva- sobre los retos que afronta la educación en el contexto de la última Congregación General 35.

Estas páginas están escritas desde la perspectiva del Secretariado de Justicia Social y Ecología que represento. En primer lugar, me detendré en el valor de la espiritualidad ignaciana en la educación que ofrecemos. A continuación desarrollaré cuatro contenidos propios de las últimas Congregaciones y que deben ser incluidos en nuestro servicio educativo: un horizonte de educación de calidad para todos, que aspira a mejorar nuestras sociedades, que beneficia en particular a los últimos y que promueve el cuidado del medio ambiente. Terminaré proponiendo la necesidad de una visión universal sobre el mundo actual, comprehensiva de su complejidad y esperanzada, que podamos presentar a nuestros alumnos y alumnas, para fortalecer su carácter y ayudarles a tomar un compromiso.

  1. 1.     Una educación apoyada sobre la espiritualidad ignaciana

La educación de la Compañía se apoya sobre la espiritualidad ignaciana. Esta educación responde a las exigencias legales y planes educativos vigentes en los diferentes países, pero la dinámica interior de nuestra educación quiere regirse por las características de la espiritualidad ignaciana. En realidad, esta espiritualidad es el mayor tesoro que jesuitas y colaboradores ignacianos podemos ofrecer a nuestros alumnos y alumnas y constituye un modo de situarse ante Dios, ante la realidad, ante los demás y ante nosotros mismos.

La espiritualidad ignaciana impulsa el crecimiento de la persona: promueve el conocimiento de sí misma, fomenta la autonomía y la capacidad de decisión, impulsa el compromiso solidario y favorece una mirada esperanzada sobre la historia. Por este motivo resulta tan valiosa en la tarea educativa, pues ayuda a las personas que acompañamos en las aulas a crecer humanamente desde su propia personalidad, para que sean cada vez más autónomas, más conscientes de la dignidad de las personas y más solidarias.

Esta espiritualidad se apoya sobre la convicción de que Dios está presente y creativamente activo en la historia y en las personas, convocándonos a colaborar con él. Es una espiritualidad dirigida hacia el futuro de Dios y por este motivo siempre resulta crítica con la realidad presente: nos invita a amar el presente, pero aspirando al futuro por llegar. Tal vez esa conciencia crítica sea un rasgo esencial impulsado por la espiritualidad ignaciana en el proceso educativo.

Por otro lado, vivimos en un mundo que descaradamente, de modo constante, nos bombardea con seducciones que deshumanizan. Muchas veces, ya ni siquiera somos conscientes de ello. Nos rodean reclamos continuos de los sentidos y ofrecimientos de vida aparentemente buena. En particular, una publicidad con escasos límites se nos cuela en todos los espacios geográficos y vitales intentando ganar nuestro deseo. Con frecuencia lo consigue. Los modelos humanos propuestos para la imitación están frecuentemente inscritos entre las “celebrities”: juventud, éxito, glamour, belleza y riqueza. Modelos muy luminosos, pero vacíos.

Por ello, urge presentar sin miedo nuevos modelos de vida buena y bella: solidaria, olvidada de sí misma, valiente y desprendida. Tal vez sea ésta una de las grandes tareas educativas hoy: ofrecer a nuestros alumnos y alumnas ideales de vida noble: narraciones vitales de personas con valores nuevos, relatos actualizados y atractivos del “rey temporal”. Esas propuestas actuarán en su interior a modo de contrapeso frente a otros discursos que venden felicidad a precio de saldo.

  1. 2.     Educación acorde con la misión de las últimas Congregaciones

Las Congregaciones Generales que la Compañía ha celebrado desde la CG32 en 1975 –37 años ya– han subrayado la necesidad de una misión universal de servicio de la fe y de promoción de la justicia. El lema del Colloquium -“el mundo es nuestra casa”- remite a esa perspectiva universal.

Profundizaré en esta amplia perspectiva de misión universal de fe que obra la justicia desarrollando cuatro contenidos:

a)      Un horizonte universal: educación de calidad para todos

En nuestros centros educativos educamos a alumnos y alumnas concretos, pero en realidad, aspiramos a una educación de calidad para todos los niños y niñas de nuestro mundo. Rebajar esta aspiración es hoy traicionar nuestra misión. No hay en el mundo ningún niño o niña que se merezca peor educación que la que ofrecemos al más cuidado de nuestros alumnos. El mundo no es solamente nuestra casa. El mundo es la casa de todos.

En la actualidad unos 70 millones de niños y niñas no están escolarizados, ellas en mayor proporción que ellos. Otros tantos no terminan la escuela por una variedad de motivos: en ocasiones se trata del coste, que no pueden pagar; otras veces las barreras sociales y culturales son infranqueables; en particular, los niños con discapacidades tienen muchas menos oportunidades que las de sus compañeros sin ellas[1]. Las regiones del mundo con mayores obstáculos a la educación se encuentran en el África Subsahariana y en Asia del Sur.

Igualmente grave es la situación de la calidad educativa, deficiente en muchos lugares. En muchos de los países en los que se encuentran nuestros colegios esta calidad es muy baja, en especial la que reciben los niños de familias pobres o pertenecientes a minorías étnicas y culturales.

Por ello, empeñarse hoy por la educación en el horizonte de universalidad que nos señalan las Congregaciones exige que demandemos a nuestros gobiernos acabar con la discriminación educativa por motivos económicos o étnicos, mayores presupuestos destinados a educación y un alcance verdaderamente universal. Nuestro compromiso por la educación pide hoy no sólo educar, sino incidir política y culturalmente para que todos los niños y niñas -sin discriminación por sus medios económicos o su pertenencia étnica- reciban una educación de calidad. Esto es algo que la Compañía está realizando en algunos países.

b)      Una educación que aspira a mejorar nuestras sociedades

Nuestra educación no puede dirigirse sólo a que nuestros alumnos se desarrollen personalmente, sino a que toda la sociedad sea más humana, más justa y solidaria. No queremos profesionales exitosos en sociedades fracasadas, tal como decía a los alumnos en su graduación un rector de universidad.

Educamos a jóvenes concretos para contribuir a una sociedad más justa y solidaria. Es necesario buscar este fin de una manera explícita:

–        Ofreciendo a los alumnos la posibilidad de implicarse en servicios sociales y de conocer realidades de pobreza, para percibir la desigualdad y la injusticia del mundo en que vivimos;

–        Involucrándolos en iniciativas ciudadanas locales.

–        Implicando en actividades sociales a las asociaciones de padres y a la comunidad educativa.

–        Ofreciendo a padres y alumnos la posibilidad de participar en comunidades laicales ignacianas comprometidas con la sociedad y con la Iglesia.

–        Haciendo todo esto en alianza con otras obras de la Compañía, para mostrar una credibilidad de cuerpo y generar una base social que comparte horizontes y valores.

La mayoría de nuestras instituciones educativas ponen en práctica algunas de estas actividades. En esta misma línea, aquellos de nuestros colegios que cuentan con más medios, que realizan mayores inversiones y se dirigen a los sectores sociales más pudientes nos debemos preguntar, con humildad y sinceridad, si con nuestra tarea educativa estamos contribuyendo a perpetuar la injusticia en la que viven nuestras sociedades, su desigualdad y su discriminación. Un diagnóstico cuya claridad debe orientar el discernimiento sobre nuestras prioridades y esfuerzos.

c)       En particular en beneficio de los últimos

Ignacio siempre pedía a los jesuitas que discernieran el servicio que podían ofrecer. Y les ofreció criterios para ello, con un determinado orden: primero debían mirar dónde hay mayor necesidad; segundo, dónde se podría producir más fruto; tercero, dónde hay mayor deber de devolver lo recibido; cuarto, dónde puede multiplicarse más nuestro servicio[2].

Nuestras instituciones más longevas deben examinar si nuestra presencia jesuita sigue siendo necesaria allí donde estamos. Tal vez nuestros alumnos seguirían recibiendo una educación de calidad aunque no estuviéramos nosotros. Quizás no sea necesario estar allí y sin embargo, otros niños nos esperan en otros lugares. Esto último es lo que lleva años haciendo Fe y Alegría en América Latina. Acudir allá donde nuestra educación es más necesaria.

Era convicción de nuestro querido P. Arrupe que los últimos se merecen lo mejor. La opción por los pobres no es una opción ideológica, sino como nos decía el Santo Padre en la última Congregación General, se trata de una opción cristológica, pues el mismo Cristo eligió ser pobre para enriquecernos con su pobreza. Si nuestra educación es realmente buena -como lo creemos todos los que estamos aquí-, primariamente debemos ofrecérsela a los niños y niñas con menos oportunidades. Nos lo demanda así toda nuestra tradición ignaciana y jesuítica.

El servicio a los últimos tiene sus ventajas. En primer lugar, nos obliga a radicalizar nuestra gratuidad. En segundo lugar, nos ayuda también a resituar la excelencia. Muchas veces la hemos ligado al éxito educativo, bajo el que se suele colar un orgullo sutil. La excelencia, en el universo ignaciano, está unida al magis: se trata de dar una respuesta generosa y sin medida al amor que hemos recibido. La excelencia de nuestros alumnos está dirigida a promover en ellos un compromiso firme y basado en el amor con la vida y con un mundo más justo.

Es necesario decir que hay muchas preciosas iniciativas de educación a niños de familias pobres, con formas muy variadas, en muchos países y en varias Conferencias.

d)      Promoviendo escuelas verdes

Enmarcar el servicio de nuestros colegios en el contexto de la CG35 obliga a incluir una preocupación por el medio ambiente. Estamos llamados a incorporar cada vez más esta atención por la naturaleza y el medioambiente como una dimensión de nuestro servicio educativo. Algunos aspectos que se pueden introducir:

–        Cuidar que el espacio educativo esté libre de polución y de materiales tóxicos que pueden dañar la salud de los niños

–        Utilizar materiales y recursos reutilizables y reciclables. Uso de energías limpias. Edificios sostenibles

–        Donde sea posible, aprovechar el campus para generar algún espacio verde, donde los niños puedan cuidar y conocer la naturaleza

–        Ofrecer conocimientos sobre ecología y medioambiente, introduciendo a los niños en la belleza de la creación y en la necesidad de su cuidado

También aquí debo señalar que las iniciativas en este campo de sensibilización ecológica son muy numerosas.

  1. 3.     Ofrecer una visión universal en un mundo fragmentado

La globalización y la especialización científica han fragmentado nuestra mirada sobre el mundo. Nos resulta muy difícil situar hoy nuestros conocimientos parciales en una visión con sentido, que no reduzca la complejidad de las cosas y que dé cuenta del conjunto de la realidad. Pero será muy difícil trabajar por un futuro más justo para el mundo si sólo disponemos de visiones parciales y fragmentadas. Si carecemos de esa visión universal, que da cuentas de la complejidad y esperanzada nuestros esfuerzos por promover un compromiso social en los alumnos pueden caer en puro voluntarismo.

A veces nos da miedo ofrecer estas visiones universales, porque creemos que pueden considerarse una intromisión ideológica. Sin embargo, sólo proponiéndolas podemos sugerir horizontes de esperanza y convocar a las personas para que contribuyan a ellos.

En nuestra tradición jesuítica esto es lo que se encontraba bajo la Ratio Studiorum, una visión universal que construya carácter, proporcione visión crítica y esperanza sobre el mundo y mueva a la colaboración. Algo de esto, sin duda, seguimos necesitando. ¿No deberíamos intentar trabajar juntos en una empresa tan importante como ésta? Creo que es un reto muy ambicioso, pero al que tal vez podríamos tratar de responder unidos, desde la riqueza y diversidad que reunimos al proceder de tantos lugares distintos del mundo y de tantas situaciones sociales y culturales.

P. Patxi Alvarez sj

Secretary for Social Justice and Ecology

Rome

 


[1] Naciones Unidas, Objetivos del desarrollo del milenio, Informe 2010, p.18. en http://unstats.un.org/unsd /mdg/Resources/Static/Products/Progress2010/MDG_Report_2010_Es.pdf, revisado el 7 de junio de 2012.

[2] Constituciones 622.