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Boston: “Cuando fui por primera vez a la escuela, no había escuela”

Publicado el miércoles 12 de septiembre, 2012

Cuando fui por primera vez a la escuela, no había escuela: Reflexión sobre educación como acompañamiento, compasión y solidaridad.

Agbonkhianmeghe E. Orobator, SJ

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Invocación (cantada)

¡Abba, Dios!

Eres alabado

Agraciada mano llena de generosidad

¡Abba, Dios!

Revela tu grandeza

Que todos puedan creer

Que has plantado tienda entre nosotros

Que habitas en nuestro mundo.

Cuando fui por primera vez a la escuela, no había escuela. No había libros. Y mi maestra era más una pastora que una maestra. El tipo de escuela al que fui se llamaba “EscuelaGarri”. Exagero un poco cuando la llamo escuela, porque no era realmente una escuela(ciertamente como la entenderíamos hoy). Tenía casi cinco años. Desde el puro comienzo,ir a la escuela se sintió como entrar por una puerta a una experiencia de la cual nuncaretornaría; una aventura que transformaría mi vida para bien.

Cada mañana, la maestra hacía la ronda a pie por todo el vecindario, parando en cadacasa para recoger a los niños que ya tenían edad de cinco años. Para el momento en quela maestra llegaba a la escuela, había recogido hasta 50 niños de edades entre 4 y 5 años.

La maestra marchaba delante de los niños, y todos los niños lo seguían. Eraresponsabilidad de la maestra guiar al grupo de niños a través del tráfico, los canalesabiertos, entre las casas, hasta que finalmente llegaban todos a salvo a su casa. Su casaera la escuela. Pero no había salón de clases. Todo lo que teníamos era un largo corredor,afuera de una casa de una sola alcoba de la maestra. Allí era donde teníamos nuestrasclases; desde temprano en la mañana hasta la media tarde. Al cierre de la escuela, lamaestra nos sacaba, de la manera que vinimos, dejando a cada niño en su casa (hombreo mujer) hasta que el último niño era entregado a salvo en su casa. A la mañana siguiente,repetíamos la misma jornada con nuestra maestra itinerante, de la casa a la escuela y de la escuela a la casa.A la tierna edad de 5 años, desarrollé un profundo apego a mi maestra. Para mí, mi maestra era alguien que sabía el camino a la escuela, el lugar del aprendizaje; no solamente ella sabía el camino a la escuela, sino que señalaba el camino, y yo seguía.

Cada día, sin fallar, como una pastora, nos llevaba hasta la escuela y nos retornaba. Ya sea yendo o viniendo, ningún niño fue dejado atrás. Como Jesús en el huerto de Getsemaní, mi maestra cuidaba de que ninguno de los niños que le confiaban se perdiera.

(Juan 18:9).

Esta maestra-pastora era todo para nosotros y nos cuidó de todos los modos posibles. Estuve siempre fascinado por la manera como parecía encontrar tiempo para cada niño en su escuela. Aunque éramos muchos, en todo momento, sentí que yo era el centro de todo lo que la maestra hacía: desde ser pastoreado hasta la escuela hasta ser cuidado y nutrido maternalmente, yo era el centro de todo. Podía contar siempre con “la atención personal, el ánimo y la dedicación” de mi maestra. Se preocupaba y nutría mi “cuerpo, mente y espíritu”; se interesaba por “toda mi persona” y en lo que me estaba convirtiendo. Reflexionemos por un momento: ¿Qué sucedería si el arte de educar fuera como pastorear y acompañar a aquellos que nos son confiados a lo largo del camino del conocimiento, la verdad y el descubrimiento? Nosotros no seríamos los inventores de este arte, por el contrario, seríamos imitadores de Jesucristo, el Buen Pastor.

Reflexión: Juan 10:1-15

En verdad, en verdad os digo que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador; pero el que entra por la puerta, ése es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas oyen su voz, y llama a las ovejas por su nombre y las saca fuera; y cuando las ha sacado todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; pero no seguirán al extraño; antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Les dijo esta semejanza; pero no entendieron qué era lo que les hablaba. De nuevo les dijo Jesús: En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas; todos cuantos han venido eran ladrones y salteadores, pero las ovejas no les oyeron. Yo soy la puerta; el que por mí entra se salvará y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por sus ovejas; el asalariado, el que no es pastor dueño de sus ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas, porque es asalariado y no le da cuidado de las ovejas. Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre, y pongo mi vida por las ovejas.

Dije que la escuela a la que fui, cuando tenía 5 años, se llamaba “Escuela Garri”. Garri es una comida básica en África occidental; se hace de casabe, un tubérculo que crece en muchos países de África occidental. El “garri” es una harina seca, nutritiva, granular que puede prepararse como masa rígida y densa y consumida con salsa. Lo más parecido al garri puede ser el cuscús. Cada mañana, cuando éramos pastoreados fuera hacia la escuela mi madre medía un puñado de garri y lo metía en mi bolsillo. Si tenía suerte, también conseguía algún maní tostado para masticar con el garri. El garri era particularmente adecuado para este género de escuela. En la escuela, no había galguerías, ni chocolates, ni galletas. Luego de comer, o mejor de tragar, algún garri seco, tomaba algo de agua, y como el garri absorbía agua, en mi estómago, se me inflaba. El resultado final era que me sintiera lleno, tan lleno como para aguantar un día de escuela.

Había algo más acerca de mi Escuela Garri. No teníamos libros, no teníamos lápices, no teníamos plumas. Sé que esto parece extraño, hasta chocante, pero es verdad. No teníamos ni libros, ni lápices ni plumas. Entonces, ¿Cómo escribíamos o con qué? Teníamos tabletas de madera. Cada mañana llevaba mi tableta a la escuela. La tableta era una pieza de madera que medía cerca de 8 pulgadas de ancho por 10 de largo, y un cuarto de pulgada de espesor. Para dar una imagen de lo que estoy hablando, piensen en una tableta moderna o IPad, excepto que la que usábamos en la escuela era de madera.

Para escribir en una tableta usábamos una tiza, pero a veces usábamos carbón. El carbón, como saben, es negro. Ese era mi estilógrafo. Como pueden imaginar no teníamos sillas ni pupitres. Cada uno se sentaba en el desnudo suelo, con nuestras tabletas en las piernas. No había mucho que se pudiera escribir en una pequeña tableta.

Sorprendentemente fue en estas maderas pequeñas en donde aprendí a escribir inglés y aprendí la aritmética básica de la suma, la resta, la división y la multiplicación. Recientemente, recibí una solicitud de un joven que me expresaba su deseo de unirse a la Compañía de Jesús para llegar al sacerdocio. Cuando leí lo referente a su primera educación, no pude más que pensar en su experiencia similar a la mía.

Esto es lo que escribió:

Acerca de mi educación, comencé mi escolaridad en 1991 en la escuela local del pueblo. Era (aún lo soy) pequeño para ir a la escuela y por tanto, me llevaba mi hermana a la espalda.

Escribíamos en el suelo (es decir, en el piso, con una pedazo de madera) y en hojas de plátano, luego de lo cual la maestra venía a inspeccionar nuestro trabajo. Escribir en el suelo era muy divertido porque podíamos fácilmente corregir nuestro trabajo… Escribir en hojas de plátano no era fácil, porque costaba mucho cuidar libros tan delicados (esto es, las hojas de plátano). Todo descuido podía rasgar los libros (léase: hojas de plátano). Los libros no eran caros, pero esto quería decir que no duraban lo suficiente para que pudiéramos ver cómo solíamos escribir en nuestros primeros niveles de educación.

La historia de este joven, sobre su educación temprana, llevado por su hermana mayor, escribiendo en el suelo pelado, o usando hojas de plátano como libro de ejercicios, sería similar a la de muchos Africanos de mi edad o mayores.

Tal como lo recuerdo, cuando fui por primera vez a la escuela, había muchos desafíos para superar, pero la educación me ayudó a darme cuenta de que esos obstáculos no eran insuperables. Cuando no teníamos libros, usamos tabletas u hojas de plátano; cuando lápices, plumas, o tizas faltaban, usábamos pedazos de carbón; cuando no había sillas o pupitres, los llevábamos desde la casa sobre la cabeza y luego los regresábamos a casa.

Qué tal si el arte de educar fuera hacer de lo imposible lo posible, crear nuevas oportunidades, potenciar capacidades latentes, descubrir horizontes mayores, cruzar nuevas fronteras, estimular la creatividad sin límites… En las palabras del arzobispo Desmond Tutu: “La educación es el motor a través del cual se potencia el desarrollo, tanto para el individuo, abriendo nuevas oportunidades, como para los países, buscando remover el duro herraje de la pobreza” (mayo 26, 2010).

Reflexión: Congregación General 34, decreto 26, no 27. El jesuita nunca está satisfecho con lo establecido, lo probado, lo ya existente. Nos sentimos constantemente impulsados a descubrir, redefinir y alcanzar el magis. Para nosotros, las fronteras y los límites no son obstáculos o términos, sino nuevos desafíos que encarar, nueva oportunidades por las que alegrarse. En efecto, lo nuestro es una santa audacia, “una cierta agresividad apostólica”, típica de nuestro modo de proceder. (CG 34, d. 26, no. 27)

Luego de completar un año en la Escuela Garri, me enrolé en lo que llamamos escuela primaria, o escuela por grados. Para cualificar para la escuela primaria, no teníamos que presentar examen escrito. En cambio, cada niño tenía que tomar un examen físico. Era un chequeo muy sencillo: tuve que poner mi brazo derecho sobre mi cabeza y tocar mi oreja izquierda. Si podía tocar mi oreja izquierda, estaba capacitado para empezar la escuela primaria. Fracasé en el examen, pero mi jefe de grupo hizo una excepción, así que no fui dejado por fuera.

Hablando de no dejar por fuera, algo de lo que más recuerdo cuando iba a la escuela a los 5 años: parecía una eternidad el ir y volver de la escuela. Para ir a la escuela, debíamos zigzaguear por todo el vecindario. Así que si eras el primer niño en ser recogido o el último en ser dejado, significaba que literalmente tenías que visitar las casas de todos los otros niños, antes de llegar a la escuela o a la casa. Lo bueno era que ninguno de nosotros tenía que hacer tal viaje solo, siempre caminábamos en grupo; varios niños del mismo vecindario se unían para la larga marcha hacia la escuela o hacia la casa.

Cuando miro atrás, se me aclara: en el caminar está nuestra educación. Cuando lo recuerdo, desde mi primer día de escuela, fui siempre parte de una comunidad. El viaje de ida y regreso a la Escuela Garri nunca fue un viaje solo. Además de la maestra, siempre había una comunidad de estudiantes con quienes hice la jornada; nos apoyábamos unos a otros; cuidábamos unos de otros; compartíamos las pequeñas porciones de garri con los niños que no eran tan afortunados para tener su ración diaria. Visitar la casa de otro cada día era parte de la ida a la escuela; todo el vecindario llegaba a ser mi escuela; nos buscábamos mutuamente de manera que nadie se quedara. Ir a la escuela significó que ninguno de nosotros caminara solo.

¿Qué tal si el arte de educar fuese un caminar creado comunidad, una comunidad de solidaridad, compasión, amistad y apoyo mutuo?

Reflexión: El Papa Juan Pablo II, sobre la solidaridad

La solidaridad… no es un vago sentimiento de compasión o desasosiego superficial por los infortunios de tantas personas, tanto cercanas como lejanas (Papa Juan Pablo II, Sobre el compromiso social, # 38).

La solidaridad nos ayuda a ver al “otro”… como nuestro “prójimo”, como “ayuda” (cf. Gn 2:18-20), para hacerlo copartícipe por igual con nosotros del banquete de la vida al cual todos son igualmente invitados por Dios. (Papa Juan Pablo II, Sobre el compromiso social, # 39).

La solidaridad es la acción en bien de la familia humana, que nos estimula a ayudar a superar la división en nuestro mundo. La solidaridad une al rico con el pobre. Hace al libre activo por la causa de los oprimidos. Saca de la comodidad y la seguridad para arriesgarse por las víctimas de la tiranía y la guerra. Llama a los fuertes a cuidar de los débiles y vulnerables a lo largo del espectro de la vida humana. Abre hogares y corazones a aquellos que huyen del terror y a los migrantes cuyo esfuerzo diario posibilita estilos de vida cómodos. Construir la paz, como nos lo ha dicho el Papa Juan Pablo II, es trabajo de solidaridad. Llamado a la solidaridad global: Desafíos Internacionales para las parroquias de USA.

Dos vías divergen en un bosque, y yo tomé el menos transitado, y esa fue toda la diferencia. (Robert Frost “El camino no tomado”).

Hace ya mucho tiempo que fui a la Escuela Garri; cuarenta años, para ser preciso. Cuando miro hacia atrás en mi experiencia, desde la Escuela Garri a través de los estadios subsecuentes de educación, muchas cosas aún permanecen, muchas cosas sobre lo que es la verdadera educación. Como jesuita, he llegado a valorar la importancia de la buena educación. La educación bien vale todo el sacrificio que por ella hemos hecho.

Nunca podremos poner precio al valor de la educación. Estoy agradecido por todos los años de escolaridad y todos los desafíos que conllevaron. Han hecho de mi lo que soy ahora: un aprendiz de por vida.

La Compañía de Jesús, y su ejército de amigos y colaboradores, se ha comprometido con proveer buena educación, de calidad y al alcance de la gente, por cerca de cuatrocientos sesenta años, en todos los continentes. Como comunidad universal, hemos registrado grandes triunfos en nuestro sistema de escuelas en muchas partes del mundo. Ustedes lo saben mejor que yo, cómo se ha dado el influjo de la educación jesuítica desde 1548.

Solamente en USA, incontable número de instituciones jesuíticas, como la preparatoria del Boston College, trabajan según la tradición pedagógica ignaciana formando hombres y mujeres para los demás, enraizada en la fe que produce justicia.

Vengo de la Provincia de África oriental. Hay seis países en esta provincia: Kenia, Uganda, Tanzania, Etiopía, Sudán y Sudán del sur. Tenemos 4 preparatorias y dos escuelas primarias en la Provincia. En una población de cerca de 250 millones de habitantes representamos una pequeña gota de agua en un océano de necesidades.

Nuestra escuela en Wau, Sudán del sur, está localizada en una región en donde hubo una guerra civil que duró más de 20 años. Aún hoy algunos dicen que la guerra no ha terminado. Durante 20 años de guerra se cerró la escuela, porque los salones fueron usados por los militares de Sudán del norte, como campamento de base para las incursiones sobre territorios rebeldes del sur del país. Afortunadamente, hace 4 años, el ejército abandonó la escuela y pudimos renovarla y reabrirla. Hoy, algunos de los 200 estudiantes de la escuela secundaria Loyola en Wau, Sudán del sur, son ex-soldados que lucharon en la guerra civil como menores combatientes.

Para venir a esta conferencia, viajé desde nuestra preparatoria (Ocer Campion Jesuit College) en Gulu, Uganda del norte. Está localizada en el corazón de una región en donde un poderoso y abyecto grupo rebelde mató y mutiló miles de niños, mujeres y hombres; secuestró jóvenes para hacerlos niños soldados y niñas para hacerlas esclavas sexuales; y expulsó millones de personas de sus casas como refugiados y desplazados internos. Quizás algunos de ustedes han oído hablar del Ejército de Resistencia del Señor (Lord´s Resistance Army) en youtube, en el video llamado KONY 2012.

Ya sea en Wau o en Gulu, Lima, Lagos, Sidney, Paris, Kinshasa, Córdoba, Barcelona o Ciudad de México, no importa el contexto o el desafío, la educación jesuítica se ocupa de marcar la diferencia en la vida de los niños, conduciéndolos a lo largo del camino que cambiará para bien sus vidas y el mundo que los rodea.

Empecé esta reflexión compartiendo con ustedes mi experiencia educativa como niño. Cuando miro esa experiencia siento gratitud por las oportunidades que tuve de tener maestros consagrados; limitados pero apropiados materiales escolares; una comunidad de compañeros estudiantes con los cuales caminé desde y hasta la escuela. Sobre todo, estoy agradecido porque no me dejaron atrás.

Un pensamiento de partida: Elmina versus Messina En la costa oeste del moderno estado Africano de Gana, permanece un castillo del siglo XV conocido como el Castillo Elmina. Elmina es un castillo para esclavos. Como castillo europeo de su tiempo, el imponente edificio se enorgullece de una intrincada arquitectura de salas, departamentos, torres de vigía, salas de banquetes, balcones, y… una capilla.

Hay varios castillos similares, fuertes y fortalezas a lo largo de la línea costera de África. Comparten algo en común: cada castillo, fuerte o fortaleza tiene lo que se llama comúnmente la puerta del no retorno.

En el interior del castillo de Elmina hay un extenso patio; pero, algo cerca de este patio ha llegado a definir lo que representa este castillo en la historia de inhumanidad del hombre con el hombre. Este patio operaba como mazmorra, como celda de encierro para cientos, miles de mujeres, hombres y niños, en camino para el así llamado “Nuevo Mundo”, a enfrentar un horrible futuro de brutalidad, cautiverio y esclavitud. El patio se abre a la bahía de embarque sobre el océano Atlántico.

Desde la mazmorra eran tratados, abusados, torturados y hostigados de todas las maneras posibles; esos esclavos eran arrastrados a través de la puerta de no retorno para padecer las aleves travesías cruzando el océano Atlántico. Una vez que cruzaban esa puerta, su destino estaba marcado; no había retorno de la miseria, el cautiverio, y la esclavitud del otro lado del Atlántico. Eran mercancía para negociarse, marcarse, y mantenerse en trabajo cautivo por el resto de sus vidas.

¿Qué tal si el arte de educar un niño fuera como llevarlo (a él o a ella) a través de la puerta de no retorno? Pero al contrario de la puerta de no retorno del castillo de Elmina, a través de la puerta de la educación que represente liberación para el espíritu humano; que fuera empoderar un niño para que despliegue y saboree las más finas manifestaciones del espíritu humano. En palabras de Julio Nyerere, antiguo presidente de Tanzania, “decimos que somos creados a imagen de Dios. Rechazo imaginarme a un Dios pobre, ignorante, supersticioso, temeroso, oprimido, fracasado, que es lo que son el bloque mayoritario de aquellos… creados a imagen de Dios.” La educación es el arte de imaginar y alcanzar lo opuesto de los que el castillo de Elmina representa. El castillo de Elmina fue

construido en 1482; como lo fue el grupo de escuelas ignacianas, desde 1548, en Messina, Sicilia; hemos liderado muchas personas a través de la puerta de no retorno, liberando la mente humana de la cautividad de la pobreza, la ignorancia, la superstición, el miedo, la opresión, la injusticia… re-creando mujeres y hombres a la imagen de Dios.

Reflexión: Lucas 4:16-21

Vino a Nazaret, donde se había criado, y, según costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del profeta Isaías, y, desenrollándolo, dio con el pasaje donde está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracias del Señor.” Y enrollando el libro, se le devolvió al servidor y se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en El. Comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.

Mis amigos: “Hoy (a través de sus ministerios educativos) este pasaje de la escritura se cumple en la audiencia.”

Oremos

Que como hombres y mujeres comprometidos con el ministerio jesuítico de la educación, podamos ser arquitectos de un mundo nuevo donde la fe y la justicia se acompañen de la excelencia intelectual; un mundo donde el servicio se exprese en amor, compasión y solidaridad; un mundo donde ningún niño sea abandonado.

Oremos al Señor.

Señor, escucha nuestra oración. Que en nuestros ministerios educativos jesuíticos, especialmente entre los jóvenes, podamos aprender a caminar con los jóvenes, aprendiendo de su generosidad y compasión para ayudarse unos a otros a crecer a través de la fragilidad y la fragmentación hacia un alegre integración de nuestras vidas con Dios y con los demás (CG 35, D 3, no. 23).

Oremos al Señor.

Señor, escucha nuestra oración.

Que en nuestros ministerios jesuíticos, nuestro profundo amor a Dios y nuestra pasión por el reino de Dios nos encienda, como fuego que enciende otros fuegos. Que podamos mirar el mundo como lo mira Dios; y podamos aprender a comunicar esta manera de mirar, así como una pedagogía inspirada por los Ejercicios Espirituales, a los demás, especialmente a los jóvenes (CG 35, D 2, no. 10)

Oremos al Señor.

Señor, escucha nuestra oración. Que como mujeres y hombres comprometidos con la educación jesuítica nunca estemos satisfechos con el status quo, lo conocido, lo ensayado, lo que tenemos; que podamos  trabajar constantemente para descubrir, redefinir, y buscar el magis, y a través de la pedagogía, traspasar fronteras y límites para enfrentar nuevos desafíos, acoger nuevas oportunidades, con una santa audacia y agresividad apostólica (CG 34, D 26, no. 27).

Oremos al Señor.

Señor, escucha nuestra oración.